El aire olía a tierra húmeda y ceniza. Las primeras luces del atardecer teñían de naranja las callejuelas polvorientas del barrio bajo. Frente a una carreta maltrecha, un orco alto, de torso desnudo y piel verdosa surcada de cicatrices, permanecía en silencio con las manos entrelazadas frente al cuerpo.

—Me llamo Oglu, mi señor —dijo con una voz grave, bajando ligeramente la cabeza.

—Bien, Oglu. La familia Collins está agradecida por haber rescatado al joven amo de ahogarse —respondió Sebastián, el mayordomo, con una sonrisa medida y el porte refinado de alguien acostumbrado a hablar en nombre de nobles—. Por supuesto, en honor a su valentía, la Casa Collins está dispuesta a recompensarlo adecuadamente… en presencia del Vizconde Collins.

Los ojos de Oglu, normalmente adormecidos por la rutina y el alcohol, se abrieron con un destello de alarma.

—¿E-El Vizconde… quiere verme?

—Por supuesto. Después de todo, sería una blasfemia que no dedicara unas palabras a quien salvó la vida de su hijo —dijo Sebastián, con tono solemne. Luego, dejó que el silencio pesara un instante y, con una mirada sutil al cuerpo polvoriento y semidesnudo del orco, añadió con énfasis—: Aunque, naturalmente, tendremos que hacer ciertos preparativos previos.

La mirada de Oglu descendió hacia su propio pecho desnudo, y asintió con torpeza. Comprendía perfectamente la indirecta.

Sebastián, con la compostura impecable de su cargo, metió una mano en el interior de su abrigo negro y sacó una pequeña bolsa de cuero. El sonido de las monedas tintineando fue como una campana de iglesia en medio del mercado.

—Tome esto, señor Oglu. No es mucho, pero bastará para que adquiera ropa decente. Cuando esté listo, preséntese en la Mansión Collins. Personalmente lo recibiré y lo llevaré ante el Vizconde para que reciba su recompensa completa.

Oglu sostuvo la bolsa con ambas manos. Las monedas de plata le brillaban en las palmas como si fueran lunas diminutas. Su rostro, marcado por años de penurias, se iluminó con una mezcla de asombro, gratitud y algo que se parecía peligrosamente a esperanza. Abrió la boca para decir algo, pero el mayordomo ya se alejaba, acompañando al joven maestro hacia un carruaje reluciente que aguardaba al final del callejón, custodiado por dos corceles negros.

Oglu seguía en trance, con la bolsa aún abierta, cuando unas figuras tambaleantes emergieron de la esquina.

—¡Oglu, maldito suertudo! —gritó una voz rasposa entre risas—. ¡Rescataste al hijo del Vizconde, cabrón! ¡En la taberna no se hablará de otra cosa en semanas!

—¡Y encima te van a recompensar! ¡La suerte te sonrió, bastardo! —agregó otro, dándole un golpecito en el brazo.

—¡Oye, Oglu! ¡Hoy pagás tú las rondas, ¿eh?! ¡El Vizconde te dio plata, así que vamos, antes de que se enfríe la cerveza!

Eran sus compinches de siempre. Rostros rojizos, ropas sucias, risas desdentadas y olor a cebada fermentada. No le dieron tiempo ni de responder. Lo rodearon entre bromas y palmadas y lo arrastraron calle abajo hacia la vieja taberna de madera, cuyo letrero carcomido colgaba de una sola bisagra.

La noticia corrió más rápido que la cerveza en los jarros. Oglu, sentado en su silla habitual junto a la chimenea apagada, se convirtió en el centro de atención. Entre risas y tarros rebosantes, narró una y otra vez cómo sacó al joven Collins del agua, añadiendo detalles cada vez más heroicos. Cada vez que alzaba un jarro, las monedas de su saco desaparecían con la misma rapidez con que los brindis se multiplicaban.

—¿Tengo menos dinero en el bolsillo? —pensó, tambaleante, con el cuarto tarro en la mano—. ¡Bah, qué importa! ¡Mañana iré a ver al Vizconde y seguro me da otro saco!

Aunque en algún rincón de su mente sentía que se olvidaba de algo, la risa de sus compañeros y el ambiente embriagador lo arrastraron lejos de toda preocupación. Terminó la noche bailando sobre una mesa, acompañado por los cantos borrachos de sus amigos, sin notar cómo la bolsa de monedas quedaba cada vez más ligera.

Comentarios

Entradas más populares de este blog