Capítulo 7 — Capítulo 7


Sinceramente, estaba emocionado mientras baje la colina hacia la pequeña ciudad costera.

El sendero descendía serpenteando entre lomas verdes, árboles frutales y mariposas nativas de la isla. Sinceramente, me saco una sonrisa mientras caminaba. Aunque los constantes llamados del anciano que corría tras de mí arruinaban el ambiente.

“Vamos, Sebastián, regresa a casa. Estas molestando y arruinas el ambiente.” Me queje, pero el anciano con lágrimas como ríos cayendo por su rostro se aferraba a mi ropa como una babosa mientras mi ceño se fruncia. Cada paso se sentía mas pesado porque el viejo simplemente se dejaba caer, y lo estoy arrastrando.

Solté un agotado suspiro, y seguí mi camino —con el anciano arrastrado—, bajé la colina, con cada paso que me acercaba a la ciudad, el viento salado me golpeaba el rostro, fresco y vivo, como si quisiera recordarme que, por fin, era libre de decidir hacia donde ir. Ya no iba a seguir los pasos de mi anterior vida, ahora iba a caminar mi propio camino.

Sentí que mi sonrisa se alzaba de oreja a oreja.

El viento fresco se sentía refrescante en mi cuerpo, mi camisa se mecía con la brisa al igual que mi cabello.

Observe como la bahía se extendía abajo como una joya protegida por un colosal arco de rocas que, en mi impresión, casi lucia antinatural, pero según la historia que había comprendido, este increíble arco de rocas era total y plenamente un hecho de la naturaleza. Bajo el arco de rocas, el agua de mar entraba formando un enorme y brillante lago. Pequeñas barcazas rusticas se mecían en la orilla del puerto, y las gaviotas, como flechas blancas, dibujaban círculos en el aire, volando hacia la cima para dejarse caer con increíble velocidad hacia el lago y resurgir con un pescado en la boca. Luego daban vuelta en el aire hasta posarse en la cima del arco de rocas en donde tenían sus respectivos nidos.

Según los libros de historias, ese arco también fue un punto importante en la victoria de Victors Collins Primero durante la guerra. Desde allí arriba, lanzaban emboscadas antes de que los barcos japoneses desembarcaran en la arena.

Incluso desde esta distancia, se alcanza a ver que solo queda un puesto de control en la cima del arco de rocas.

Pero volviendo al puerto, note pequeños pescadores pescando, y niños jugando en la playa. Subiendo mi mirada, veo la apretada y pequeña ciudad de Port Royal. Con mas de 100 familias, aquí se concentra el total de la población de la isla Collins. Era el mediodía, podía ver las calles de la ciudad siendo transcurrida por los pueblerinos, muchos volviendo de sus trabajos para almorzar, otros recurriendo al viejo bar de la isla. Madres terminando de lavar la ropa en la plaza central, y soldados de guardia bostezando con sueño.

Lo mire por donde lo mire, el lugar lucia tranquilo y relajante, el sol veranial reflejaba el vibrante color rojizos de los tejados de las innumerables casas y chozas de la ciudad. 

Totalmente opuesto a las paredes grisáceas y aburridas de la mansión collins que pregonaba la fineza y arquitectura nobiliaria imperial, esta ciudad lucia colores vibrantes y emocionantes, todo parecía respirar. La brisa, el rojo vivo de los tejados de las casas, los pueblerinos recorriendo las calles y el murmullo de las olas en la distancia, roso lucia con vida.

Por primera vez en mucho tiempo, sentí que mis pasos no me llevaban a una obligación, sino a una aventura.

“¡Joven amo!! ¡Regrese por favor, este pobre anciano no podrá soportar las represalias de su padre si se entera que lo deje volver al agua!!” 

“¡Podrías callarte Sebastián, y deja de ensuciarme con tus mocos!”

**

Desde lejos, Port Royal parecía una ciudad pequeña, casi insignificante. Pero al adentrarme, sus callejones y casas entrelazadas formaban un laberinto donde fácilmente cualquiera podía perderse. Y así fue: tras entrar y dar un par de vueltas, lo perdí.


—¿¡Joven amo, dónde se encuentra!? —la voz preocupada de Sebastián resonó en la calle, haciéndome agacharme detrás de la cortina polvorienta de una tienda.


Observé cómo el viejo, con el ceño fruncido y la respiración agitada, recorría la calle buscándome con la mirada. No pude evitar sentir un punzante remordimiento al verlo tan angustiado. Pero sabía que debía aprovechar ese instante. No podía permitir que me siguiera obstaculizando mi espacio.


Sebastián tiene el deber de servir a la casa Collins, eso lo entiendo y respeto. Pero yo... ahora necesito estar solo, necesito respirar sin sentir que alguien me pisa los talones.


Esperé hasta que el anciano desapareció a lo lejos y entonces, con un suspiro, me incorporé y continué mi camino. Crucé un callejón estrecho y doblé en una esquina, rodeado por casas amontonadas que apenas alcanzaban dos pisos de altura. Me sorprendió cómo me recordaban a la antigua Bastilla de Italia, un rincón del mundo al que pertenecí antes.


Salí del callejón y crucé un pequeño puente por el que corría el agua oscura de una canaleta. En el camino, me topé con algunos aldeanos que me miraban con cejas alzadas, entre asombro y curiosidad. Mi ropa limpia y pulcra —aun habiendo dejado atrás el incómodo atuendo de noble—, y mi porte, delataban mi origen.


Simplemente les devolví la mirada con una sonrisa leve, un gesto suficiente para romper la distancia entre nosotros.


Finalmente, llegué a la calle principal, asegurándome de que Sebastián no estuviera al acecho. Me interné en el bullicioso mercadillo que inundaba la avenida. Decenas de puestos de comida despachaban aromas ahumados que se elevaban en una neblina ligera. Mujeres del pueblo elegían pescado fresco y avena, mientras mercaderes extendían sus productos sobre barriles y mantas gastadas.


Caminé con curiosidad, observando peces que nunca había visto, lombrices retorcidas, conejos con tres orejas y caparazones extraños, reliquias traídas del mar.


Al doblar una esquina, encontré un grupo de hombres reunidos alrededor de un anciano inválido, sin una pierna. El hombre no tenía puestos ni mercancía, sólo un pequeño sombrero de paja a sus pies con unas monedas de cobre.



—Bueno, bueno, estimado público —comenzó Barcus, su voz rasposa rozando el silencio—. Hoy les traigo una historia que lleva conmigo desde hace décadas, un susurro del mar que pocos se atreven a contar.


Hizo una pausa, clavando sus ojos en los rostros expectantes.


—Dicen que en ciertas noches —no todas, solo esas en que la luna llena baña el océano con su luz plateada—, cuando el viento se aquieta y las estrellas parecen murmurar secretos, el mar canta.


Un murmullo recorrió la pequeña multitud.


—Una canción… no como la de los pájaros, ni como el rumor de las olas contra la roca, sino una melodía que se desliza entre la bruma y penetra hasta lo más profundo del alma. Una voz tan dulce y tentadora, que hasta el más duro de los marineros siente que su corazón se rinde a ella.


Barcus apretó su muñón, y por un instante, sus ojos parecieron perderse en otro tiempo.


—Muchos han tratado de seguir esa canción, buscando la fuente que la lanza sobre las aguas. Pero el mar es astuto, y la voz, escurridiza. Algunos han visto una figura... una sombra entre las corrientes, una silueta que brilla con un resplandor extraño, moviéndose con una gracia imposible para cualquier criatura terrestre.


El anciano bajó la voz casi a un susurro.


—Cuentan que su belleza no es de este mundo. Que su piel reluce como las escamas del mar bajo la luna, y que su canto atrae a los hombres hacia una isla que brilla con oro oculto tras la niebla.


El silencio se hizo pesado entre los presentes.


—Los que siguieron esa voz —continuó con voz grave—, no todos regresaron. Y los pocos que volvieron hablaban no de riquezas, sino de un frío que calaba hasta los huesos... y una soledad profunda, tan vasta como el abismo mismo.


Volvió a levantar la voz, mirada firme.


—Yo... yo escuché esa canción. Fue hace muchos años, cuando navegaba joven y confiado. En una noche como aquella, mientras la luna dominaba el cielo, el mar nos trajo esa melodía. Juro por esta pierna que perdí, no fue un sueño ni una locura. Fue real. Y desde entonces, sé que el mar guarda secretos que nadie debería despertar.


Un murmullo reverente creció entre la multitud, mezclando miedo y fascinación. Yo me quedé allí, escuchando, sintiendo cómo la brisa salina parecía susurrar junto a las palabras del viejo, envolviendo todo en un velo de misterio y antiguas leyendas.


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Mientras las palabras del viejo Barcus se desvanecían en el aire, un fuego de curiosidad creció dentro de mí. Había llegado a este mundo sin magia aparente, sin rastros claros de aquello que mi alma conocía en otra vida. Y sin embargo, aquel relato parecía una chispa, una posible puerta hacia lo desconocido, quizás hacia algo mágico escondido bajo la rutina de Port Royal.


Sin pensarlo, me acerqué al anciano con pasos cautelosos.


—Disculpe, señor —le dije, intentando sonar firme—. ¿Podría contarme más? Quiero entender mejor esa historia.


El viejo me clavó una mirada que parecía escudriñar mi alma, sus ojos astutos brillaron con un destello entre burla y complicidad.


—¿Nuevo en estos pagos, verdad? —musitó, dejando caer la voz a un susurro—. Parece que has mordido el anzuelo, muchacho. Pero tranquilo, Barcus siempre tiene tiempo para los peces curiosos.


Hizo un gesto hacia el sombrero donde reposaban unas pocas monedas.


—Aunque, debo confesarte, que si no tienes una moneda para dejar, quizás la historia quede incompleta.


Busqué en mis bolsillos, pero sólo encontré el vacío.


Antes de que pudiera responder, un hombre robusto y de rostro curtido se adelantó entre la multitud y se plantó frente a mí.


—No le creas, chico —dijo con voz grave y burlona—. Ese viejo Barcus es un embustero. No perdió esa pierna en el mar, sino en una pelea de taberna cuando estaba borracho hasta las cejas.


Algunos de los presentes rieron o cuchichearon, y el hombre continuó, señalando al anciano con una sonrisa socarrona.


—Lo que vende son cuentos para engañar a los incautos y sacar unas monedas. Más vale que no caigas en sus trampas.


Barcus apretó los labios, pero no replicó. Su mirada se posó en mí con un dejo de advertencia.


Yo, por mi parte, sentí una mezcla de desconcierto y desilusión. ¿Era todo mentira? ¿O acaso había algo más entre las palabras, algo oculto que ni el propio viejo quería revelar?


Sin responder, di un paso atrás y me aparté, dejando que la discusión siguiera sin mí. Pero la semilla de la leyenda ya estaba plantada en mi mente, y no pensaba dejarla marchitar tan fácilmente.



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