¡Perfecto! Aquí tienes la **escena completa narrada en primera persona desde el punto de vista de Loky**, con los elementos que mencionaste: clase de etiqueta, ambiente tenso, presión oculta sobre Lilia, intervención heroica, tensión creciente, y un cierre incómodo. Se cuida la construcción del profesor, la incomodidad de Lilia, la amenaza contenida, y se da a los tres hermanos un momento de unión inesperada pero poderosa.


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### ESCENA: “La etiqueta del cerdo”


La voz del profesor retumbaba por la sala como si estuviera intentando dar un discurso en una ópera. Era un hombre calvo, barrigón y de mejillas brillantes, vestido con más encaje del que una persona con su figura debería usar. Se paseaba con las manos cruzadas detrás de la espalda, como si fuera dueño del lugar… y quizás lo creía.


—¡Postura, postura!—rugía—. ¡La nobleza no se trata solo de linaje! ¡Se trata de presentación! Un noble que no domina su lenguaje corporal está destinado a parecerse a un vendedor de verduras.


Yo apenas podía mantenerme despierto. No por falta de interés—bueno, tal vez un poco—sino porque su aliento a vino rancio llegaba incluso hasta el último rincón del salón, y su voz era como una cuchara arañando el fondo de una olla.


Lilia, en cambio, se mantenía derecha, los ojos atentos, como si cada palabra del profesor fuese una llave más hacia su ansiada vida en la capital. Su vestido azul pastel hacía resaltar su figura delgada, y su elegancia natural contrastaba con la grotesca mirada del profesor cada vez que pasaba cerca de ella.


—Ahora bien… —dijo, frotándose las manos con una sonrisa engrasada—. No todo es saber inclinar la cabeza o saludar con reverencia. Hay… *otras formas de etiqueta* que deben dominar si desean ser aceptados en la Real Academia Imperial.


Su mirada se posó sobre Lilia. Luego bajó, lentamente. El muy cerdo se lamió los labios. Literalmente.


—El baile —añadió—. Una herramienta social crucial. Una dama bien entrenada puede atraer aliados más valiosos que cien espadas. ¿No es así, joven señorita Collins?


Lilia bajó la mirada, algo en su mandíbula se tensó.


—Yo… estaré encantada de aprender, profesor.


El muy puerco se acercó un paso más, fingiendo inspeccionar su postura, pero su mano tembló al detenerse demasiado cerca de su cintura. Apreté los puños. Sus palabras parecían educadas, pero cada frase iba envuelta en una capa de viscoso interés. Y Lilia, aún queriendo estar a la altura, se veía incómoda. Su voz sonaba correcta… pero apagada.


—Podría darle clases particulares. Las damas delicadas necesitan un entorno más… íntimo para florecer —dijo él.


"¿Íntimo?", pensé. Se me encendió la sangre.


Me puse de pie de golpe, rompiendo la armonía perfecta de la clase. Sonreí. De oreja a oreja. Mis dientes bien visibles. Pero mis ojos no sonreían. Mis ojos lo atravesaban.


—¡Oh, profesor! Qué privilegio debe ser para Lilia recibir sugerencias tan… “nobles” de un hombre como usted —dije con voz melosa, como si hablara de flores en primavera.


El profesor se giró, molesto por la interrupción.


—¿Tiene algo que añadir, joven Loky? Esta clase es sobre etiqueta, no para que los pueblerinos jueguen al sarcasmo.


—Oh, disculpe. Es que me sorprendió ver tanta *pasión* por la enseñanza. Tan cerca. Tan… intensa. Me dio miedo que Lilia terminara aprendiendo más de lo necesario —le respondí, ladeando la cabeza como un niño curioso.


El rostro del profesor se volvió un tomate en ebullición. Dio un paso hacia mí, con las manos apretadas.


—¡Mocoso insolente! ¡No tienes idea de con quién estás hablando!


—Claro que sí —repliqué, mi sonrisa aún intacta—. Estoy hablando con un cerdo que se disfrazó de maestro.


Cuando parecía que iba a lanzarse sobre mí, una hoja de madera cruzó el aire y se detuvo justo delante de su pecho. Una espada de entrenamiento. Una mano firme la sostenía.


Marcos.


—Ni un paso más, profesor —dijo mi hermano mayor, con voz dura como piedra—. Recuerde dónde está. Esta es la casa Collins. Usted es nuestro invitado. No lo olvide.


Los tres lo mirábamos. Lilia seguía callada, pero ahora estaba más erguida. Yo aún sonreía. Y Marcos… Marcos parecía realmente dispuesto a romperle los dientes.


El profesor tragó saliva. La sangre se le fue del rostro. Dio un paso atrás, carraspeó con torpeza y se pasó un pañuelo por la frente.


—Ha sido… un malentendido —balbuceó—. Una broma. Por supuesto. Solo… educación rigurosa.


Rió. Nadie más lo hizo.


—Creo que es suficiente por hoy —anunció, recogiendo sus papeles—. La lección termina aquí. Vuelvan a estudiar sus tratados sobre etiqueta. Y… recuerden lo aprendido.


Mientras se marchaba, su andar ya no era tan soberbio. Parecía más pequeño. Más torpe.


Cuando la puerta se cerró tras él, el silencio se apoderó del salón.


—Gracias —murmuró Lilia, apenas audible.


Marcos bajó su espada de madera y se la colocó al hombro.


—No lo hice por ti —me dijo—. Lo hice por el apellido Collins. No vamos a permitir que un cerdo lo manche.


Yo solo asentí. Por una vez, los tres habíamos estado de acuerdo.


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¿Te gustaría que esta escena tuviera una continuación inmediata? Por ejemplo, un pequeño diálogo entre los hermanos después de la salida del profesor, o una escena más introspectiva desde la mente de Loky al final. Puedo extenderla sin problema.


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