PRÓLOGO (versión revisada)
Dormir, despertar, trabajar.
Volver a casa, dormir, y repetir.
Ese había sido mi ciclo interminable. Una existencia gris, agotadora, sin alegría ni propósito; apenas otro engranaje en la maquinaria del mundo laboral. Las horas extras devoraban mis fuerzas, y mi cuerpo —delgado al punto de la fragilidad— terminó alarmando incluso a mi madre, que un día me llamó con un tono que no admitía excusas:
—Ven con nosotros a la casa del abuelo, cerca del mar.
Al principio me negué. Mi sentido de responsabilidad, casi mecánico, se interponía entre mí y la vida misma. Pero cuando mi madre apareció con las maletas listas y el coche encendido en la entrada de mi departamento, no tuve escapatoria.
Así, terminé en las playas de Siesta Beach, Florida, rodeado por mis padres, hermanos, tíos y abuelos, todos en traje de baño, disfrutando del verano.
Por primera vez en años, me sentí vivo.
Sentí que todavía tenía una familia.
Sentí que había perdido demasiado tiempo persiguiendo nada.
¿Qué demonios había estado haciendo con mi vida?
¿Trabajar hasta caer muerto?
Ese verano lo entendí: quería libertad. Quería vivir para disfrutar, no solo para sobrevivir.
Y fue en esa playa donde descubrí algo que me marcó: el buceo.
El sol reflejándose en el agua cristalina, la sensación de sumergirme, flotar y explorar como si no existieran cadenas… era pura libertad. Mi corazón se aferró a esa experiencia, convencido de que había encontrado un propósito, un hobby que quería convertir en pasión.
Lástima que me di cuenta demasiado tarde.
Una semana después, tras inscribirme en un curso de buceo profesional y pasar horas mirando videos, salí de casa con la emoción de un niño. Crucé la avenida con el semáforo en rojo. Escuché el chirrido de unos frenos desesperados. No tuve tiempo de reaccionar: solo sentí el impacto.
Mi cuerpo voló.
El asfalto me recibió con brutalidad.
El grito de la multitud se mezcló con mi visión oscureciéndose.
Mi último recuerdo fue el rostro paralizado de un camionero, mientras la sangre se escurría a mi alrededor.
“Oh, Dios… si existe otra vida, me gustaría reencarnar como un pez.”
Y entonces, morí.
O al menos, eso creí.
Lo siguiente fue hundirme en un abismo oscuro.
Frío. Silencio. Soledad.
“¿Me estoy muriendo otra vez?”
No entendía si era el más allá o un sueño extraño, pero lo sabía con certeza: estaba bajo el agua. Mi conciencia despertó primero, confusa, y luego las sensaciones comenzaron a llegar una por una: la visión borrosa, el oído entumecido, el tacto. Finalmente, mis músculos respondieron… y con ellos vino el peso de la asfixia.
Abrí la boca y el agua entró a borbotones, arrastrando las últimas burbujas de aire hacia la superficie.
“¡Me estoy ahogando!”
El pánico me sacudió. Pataleé con desesperación, olvidando toda técnica de natación. Solo golpeaba el agua a ciegas, hundiéndome cada vez más. Sobre mí, el sol brillaba como una promesa inalcanzable.
Mi conciencia volvió a apagarse.
“¿Otra vez… voy a morir?”
Entonces, algo irrumpió en la oscuridad: unas manos enormes, de un tono verdoso, me sujetaron con firmeza de las axilas y me alzaron hacia la superficie.
La luz me cegó.
El cielo azul y las nubes blancas se abrieron ante mí.
Tosí, escupí agua, y respiré como si fuera la primera vez en mi vida. Mis pulmones ardieron, hinchándose de oxígeno, mientras me sostenían… en brazos.
Sí. Brazos musculosos, firmes, que me cargaban como si fuera una princesa indefensa.
No tuve fuerzas para resistirme. Ni dignidad. Apenas podía mantenerme consciente.
—Aire… aire… —jadeé, con la garganta ardiendo.
Al fin, la calma. Al fin, vivo.
“Demonios… el buceo no es juego de niños.”
Mis recuerdos eran confusos. Todavía tenía grabado el atropello, pero estaba aquí, respirando. Tal vez todo lo anterior fue una alucinación de alguien al borde de la muerte. No lo sabía. Lo único cierto era que debía agradecer a mi salvador.
—Muchas gracias, amigo, de verdad no sé qué pasó, creo que me desmayé y…
La frase murió en mis labios. Mis ojos se abrieron como platos.
Frente a mí, con músculos marcados, colmillos asomando, piel verde y un taparrabos que dejaba poco a la imaginación, estaba un orco. Sí, un orco.
Por un instante, la escena parecía épica: el sol iluminando su silueta, la pose heroica, la mirada al horizonte. Pero al ver sus ojos vacilar, la imagen se derrumbó. No eran los de un guerrero invencible, sino los de alguien confundido, incluso un poco torpe.
—Eh… joven maestro, ¿se encuentra bien? —preguntó con una inocencia que rompía toda solemnidad.
Si no me tuviera cargado, habría jurado que se rascaba la cabeza como un niño despistado.
—E-estoy bien… —balbuceé, aún en shock.
¿Qué demonios hacía un orco sosteniéndome en brazos?
¿Seguía soñando?
¿Me había golpeado la cabeza más fuerte de lo que pensaba?
No lo sabía. Solo entendía una cosa:
Mi nueva vida había comenzado.
Rescatado por un orco musculoso en pose de princesa.
Y no, aclaro, esto no es el inicio de una comedia romántica con colmillos incluidos. Me siguen gustando las chicas. Solo que… quizás debería empezar a entrenar un poco más. No estaría mal tener un abdomen como el de Zac Efron en Baywatch.
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