“Prometo…prometo que conseguiré el dinero para pagar la operación, así que por favor Doctor Medina, debe tan solo un poco más de tiempo.”
La voz casi desgarrada por el dolor y suplica resonó en la sala de recepción del hospital.
Arrodillado, con su frente tocando el suelo, estaba Loky Grahamm, un joven adolescente de apenas 17 años suplicando frente a varios visitantes sorprendidos por la escena.
“T-Tú… mocoso…” los labios del medico del hospital temblaron mientras sus puños se apretaron y su mirada llena de furia observaba la escena del joven suplicante.
Viendo como los demás visitantes del hospital estaban sorprendido por la escena, al medico Medina no le quedo de otra que forzar entre sus labios una rígida sonrisa simulando amabilidad, mientras se inclinaba para consolar al joven.
“No te preocupes, Joven Loky, el hospital jamás abandonara a un paciente. Nuestros servicios son de alta reputación, nunca permitiremos que uno de nuestros huéspedes sufra de algún percance.”
Dándole unas palmadas en la espalda, el medico ayudo amablemente al joven a levantarse del suelo, revelándose así el rostro juvenil del chico de cabello negro y ojos grisáceos enrojecidos por las lágrimas.
Los visitantes al ver esto, sonrieron y algunos hasta aplaudieron.
El medico saludo con la mano para calmar la situación, aun con una sonrisa amable, casi angelical.
Ayudando al joven, el medico lo llevo fuera de la recepción distanciándose de los ojos público.
Loky camino con hombros caídos.
Una vez fuera del ojo público, la sonrisa amable del medico se desvaneció en una fría expresión sin la más mínima calidez, sus ojos giraron hacia Loky, reflejando en sus ojos leves brillos de desprecio y hasta aborrecimiento por las ropas baratas del joven y sus zapatos embarrados. Todas señales de ser alguien de la baja calaña. Alguien sin dinero.
“Escucha muchacho, tu hermana seguirá instalada en el hospital. Pero si para el viernes no traes el dinero para pagar la operación, se le desconectara los soportes y tanto ella como tu serán echados a la calle, ¿te quedo claro?”
Sus palabras caían como agua fría sobre la paliada expresión del joven tembloroso.
El medico soltó un chasquido de labios mientras agitaba su bata y se marchaba por el pasillo.
Loky miro al suelo, a sus pies con sus ojos temblorosos y casi sin vida misma.
Sus pupilas parecían temblar mientras vagaba entre la realidad y el infinito, fuera de esta realidad.
Toda la situación actual lo dejaba al borde del abismo mismo.
Al borde de la locura y desesperación absoluta.
Su hermana menor, la única familia que le quedaba estaba internada, los médicos ya le habían dado un tiempo de vida de pocas semanas si no recibía una operación de urgencia. Pero dicha operación debido a la extrañeza de la condición de su hermana, Valia una fortuna impagable.
Loky como adolescente huérfano, apenas tenían para comer.
¿Cómo podría conseguir semejante cantidad de dinero?
¿trabajo? ¿mendigar? ¿recibir ayuda social?
Lo había intentado todo.
Pero el poco dinero que había logrado reunir apenas alcanzaba para mantener un par de días mas a su hermana en el hospital.
Mientras abandonaba el hospital con pasos tan pesados como si tuviera dos barrotes de hierros atados a sus pies, Loky observo el paisaje de la ciudad.
Su mirada vagaba entre los distintos anuncias hasta ver, en una pantalla la aparición de la palabra “soporte”.
[conviértete en un soporte, y gana 5000 dólares al día, el gremio Colmillo Veloz te necesita ¡Únete y se un soporte!]
Era lo que buscaba. Dinero.
Mucho dinero.
Pero nada era gratis en este mundo, y pese a la jugosa paga, muchos peatones que cruzaban la calle, observaban el anuncio con disgusto y hasta miedo. Nadie se detenía, todos huían del anuncio para ser un “soporte” como si la sola palabra les provocara miedo.
Y no era de extrañar.
El trabajo para ser un “soporte” actualmente era considerado como un trabajo de muerte.
Un trabajo en donde el 95% de los que accedían a participar, terminaban volviendo en un cajón, o peor incluso, a veces ni siquiera volvían porque sus cuerpos terminaban en el estómago de un monstruo dentro de la mazmorra.
***
—Prometo… prometo que conseguiré el dinero para pagar la operación. Así que, por favor, doctor Medina… concédanos tan solo un poco más de tiempo —la voz quebrada del muchacho resonó en la recepción del hospital como un lamento desnudo.
El sonido de su súplica cortaba el murmullo cotidiano del lugar, helando la respiración de los presentes. Loky Grahamm, apenas un adolescente de diecisiete años, estaba arrodillado en el suelo, con la frente presionada contra las frías baldosas blancas. Su delgada figura temblaba como una rama bajo la tormenta, mientras sus manos huesudas se aferraban con desesperación a la tela de su pantalón raído.
Alrededor, los visitantes intercambiaban miradas de desconcierto. Algunos susurraban, otros contenían la incomodidad con silencios tensos, incapaces de apartar la vista de aquel cuadro desgarrador.
—T-tú… mocoso… —balbuceó el médico. Sus labios temblaban, sus puños se apretaban con tanta fuerza que los nudillos se le tornaron blancos. La furia le crispaba el gesto, aunque sus ojos delataban un deseo contenido de gritarle que desapareciera de inmediato.
Pero la escena era demasiado pública. El prestigioso doctor Medina percibía cómo decenas de ojos lo observaban, juzgando cada reacción. Entonces, forzó una sonrisa rígida, tan artificial como una máscara, y se inclinó hacia el joven con fingida ternura.
—No te preocupes, joven Loky —su voz se suavizó, impregnada de un falso tono paternal—. El hospital jamás abandonará a un paciente. Nuestra reputación nos precede: ningún huésped sufrirá mientras esté bajo nuestro cuidado.
Palmeó con aparente gentileza la espalda del chico y lo ayudó a levantarse. El rostro de Loky se reveló entonces: pálido, húmedo de lágrimas, con sus ojos grisáceos enrojecidos hasta lo doloroso, enmarcados por un desordenado cabello negro.
Algunos de los presentes sonrieron, conmovidos por la supuesta compasión del médico. Incluso hubo quien aplaudió. Medina, con su sonrisa angelical, saludó brevemente para acallar la escena y, sosteniendo al muchacho por el brazo, lo guió lejos de la recepción.
Pero apenas cruzaron la esquina de un pasillo solitario, la sonrisa desapareció de su rostro como una vela apagada. En su lugar quedó una expresión dura, fría, incapaz de esconder el desprecio. Sus ojos se deslizaron por las ropas gastadas del joven y por sus zapatos manchados de barro. Para Medina, aquel adolescente no era más que un estorbo miserable, un parásito sin dinero.
—Escúchame bien, muchacho —su voz ahora era cortante, como un bisturí helado—. Tu hermana seguirá en su cama, pero si el viernes no traes el dinero para la operación, la desconectaremos. Ni ella ni tú tienen lugar en este hospital sin pagar. ¿Me entendiste?
Las palabras cayeron sobre Loky como agua helada en invierno. El muchacho bajó la cabeza, incapaz de responder. Sus hombros temblaban, y sus pupilas parecían perderse en un abismo invisible, entre la cordura y la desesperación.
El médico chasqueó los labios con fastidio, agitó su bata blanca y se marchó por el pasillo sin mirar atrás.
Loky quedó allí, con el peso del mundo hundiéndole los huesos. Apenas podía respirar. Sus pasos, cuando al fin logró moverse, sonaban como cadenas arrastradas sobre el suelo. El eco metálico de su andar lo acompañó hasta las puertas del hospital.
Al salir, el aire fresco de la ciudad lo golpeó en el rostro, pero no le dio alivio. Su mirada se perdió en el caos de anuncios luminosos y pantallas gigantes que adornaban los edificios cercanos. Los colores vibrantes parecían burlarse de su miseria.
Entonces, un resplandor lo detuvo: en una pantalla, una palabra titilaba con intensidad hipnótica.
[¡Conviértete en un SOPORTE! Gana hasta 5000 dólares al día. El gremio Colmillo Veloz te necesita. ¡Únete y sé un SOPORTE!]
Loky entrecerró los ojos. Dinero. Exactamente lo que necesitaba. Una fortuna en un solo día.
Pero mientras él contenía el impulso de lanzarse sobre aquella oportunidad, notó la reacción de los transeúntes. Nadie se detenía frente al anuncio; al contrario, apartaban la vista con disgusto, incluso con miedo. Algunos apretaban el paso como si la simple palabra les quemara la piel.
Y no era para menos.
El trabajo de soporte era conocido como el empleo de la muerte. Casi todos los que entraban a una mazmorra con ese título terminaban devorados, destrozados o simplemente desaparecidos para siempre. El noventa y cinco por ciento jamás regresaba con vida. Y los que lo hacían… rara vez volvían enteros.
Aun así, allí estaba la promesa: cinco mil dólares al día.
Suficiente para salvar a su hermana.
O para condenarlo a él.
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