Argos. Palacio de Acrisio.
Tarde gris. El cielo está cubierto por nubes de ceniza. No llueve, pero el aire huele a tormenta. Las columnas del palacio están talladas con escenas de guerra y linajes divinos, como si quisieran recordarle al rey que su sangre es antigua… y frágil.
En el centro del patio, Acrisio camina con pasos pesados. Su túnica real, bordada con hilos de oro, arrastra polvo. Los sirvientes lo evitan. Su rostro está tenso, como si el oráculo aún resonara en sus oídos:
“Tu nieto será tu muerte.”
Un soldado se acerca, temblando. Le entrega un objeto: una tela manchada con sangre y leche. Acrisio la reconoce. Es de Dánae. Su hija. La que encerró en la cámara de bronce, sellada por piedra y juramentos. La que no debía ver hombre alguno.
—¿Qué significa esto? —gruñe el rey, con voz de trueno.
El soldado no responde. Solo baja la cabeza.
Acrisio sube los escalones hacia la cámara. La puerta está intacta. Los perros guardianes, inquietos. Dentro, el aire es espeso. La luz entra por una rendija en el techo. Y allí está ella: Dánae, sentada en el suelo, con el vientre redondo como una luna nueva. Su piel brilla con un resplandor que no es humano.
—¿Quién fue? —escupe Acrisio, con los ojos desorbitados—. ¿Quién te tocó?
Dánae no responde. No puede. ¿Cómo explicar que fue Zeus, convertido en lluvia dorada? ¿Cómo decir que el dios no pidió permiso, solo entró como luz y dejó una semilla de destino?
—¡Me has condenado! —grita Acrisio, golpeando la pared—. ¡Tú! ¡Mi propia sangre! ¡Has traído la muerte a mi puerta!
La cámara tiembla. No por la furia del rey, sino por algo más profundo. Como si el mundo supiera que el ciclo ha comenzado.
Acrisio cae de rodillas. No por dolor, sino por miedo. Miedo al hijo que aún no ha nacido. Miedo al dios que lo ha burlado. Miedo a la profecía que ya respira en el vientre de su hija.
Y entonces, sin mirar atrás, ordena:
—Preparen el cofre. Que el mar la juzgue.
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