cap 1


Lilith sintió el oscuro sabor a la muerte inundándola.

Tras incontables décadas de guerra entre humanos y demonios, ella —una de las criaturas más temidas del universo— finalmente estaba encontrando su ocaso. Apodada como la Pesadilla de Saturno, flotaba en el vacío del cosmos mientras pequeñas estrellas titilaban a lo lejos. El calor distante de una estrella cercana lamía su piel como brasas invisibles que ya no podían herirla.

A la distancia, la colosal colmena madre —partida por la mitad, como si una espada divina la hubiera atravesado— se desintegraba lentamente en un océano de escombros. Alrededor, innumerables naves humanas formaban un cerco luminoso. Un despliegue tan vasto no se veía desde la última gran cruzada.

Lilith parpadeó, apenas consciente. Su respiración era un eco inútil en el vacío.

—¿Todo esto… por mí? —murmuró, con una sonrisa incrédula.

Nunca imaginó que los humanos movilizarían toda su flota solo para cazarla. Había creído que, al fin y al cabo, era una más entre los generales del ejército demoniaco. Pero la magnitud de aquella luz en la oscuridad le dejó claro algo que nunca quiso admitir: los humanos la temían más de lo que ella misma se valoraba.

Y ahora lo entendía.

No la dejarían escapar.

Su cuerpo, congelándose lentamente, comenzó a quebrarse como vidrio bajo el peso del vacío. Las venas se tensaron y la sangre negra que hervía en su interior se retorcía como un fluido vivo buscando huir. No quedaba aire, no quedaba sonido. Solo la calma, una calma tan pura que rozaba lo hermoso.

Después de tanto tiempo sirviendo al Rey Demonio, matando, huyendo, sobreviviendo… la muerte no se sentía como un castigo. Era, más bien, una tregua.

Una promesa.

“¿Supongo que aquí es donde acaba todo?”, pensó, observando las luces humanas que cruzaban la oscuridad. Entre los restos de su flota, los rayos láser iluminaban los cuerpos flotantes de sus esbirros. No quedaba nadie.

Extendió su mano temblorosa frente a su rostro. En uno de sus dedos, el anillo de esclavitud brillaba débilmente: la marca de su derrota, el símbolo de su servidumbre eterna. Cuántas veces intentó romperlo… cuántas veces soñó con ser libre.

Pero el anillo siempre se reía de ella, sellado al mismo latido de su corazón.

Ahora, sin embargo, el silencio del cosmos parecía susurrarle algo distinto.

—Ya no importa.

Una risa suave escapó de sus labios cuarteados.

Con un movimiento decidido, Lilith arrancó su propio dedo.

El anillo despertó con un estallido oscuro, encendiendo llamas que devoraron su pecho. Su cuerpo tembló; las extremidades arácnidas que brotaban desde su espalda se contrajeron como si su alma intentara huir antes que su carne. Sangre negra burbujeó entre sus labios y flotó en el vacío, dispersándose como pequeños eclipses.

Mientras su mirada se desvanecía, alcanzó a ver los últimos rayos humanos acercándose. Por primera vez en siglos, no sintió miedo.

Solo paz.








Lilith sintió el oscuro sabor a la muerte inundándola.

Tras incontables décadas de guerra entre humanos y demonios, ella —una de las criaturas más temidas del universo— finalmente estaba encontrando su ocaso. Apodada como la Pesadilla de Saturno, flotaba en el vacío del cosmos mientras pequeñas estrellas titilaban a lo lejos. El calor distante de una estrella cercana lamía su piel como brasas invisibles que ya no podían herirla.

A la distancia, la colosal colmena madre —partida por la mitad, como si una espada divina la hubiera atravesado— se desintegraba lentamente en un océano de escombros. Alrededor, innumerables naves humanas formaban un cerco luminoso. Un despliegue tan vasto no se veía desde la última gran cruzada.

Lilith parpadeó, apenas consciente. Su respiración era un eco inútil en el vacío.

—¿Todo esto… por mí? —murmuró, con una sonrisa incrédula.

Nunca imaginó que los humanos movilizarían toda su flota solo para cazarla. Había creído que, al fin y al cabo, era una más entre los generales del ejército demoniaco. Pero la magnitud de aquella luz en la oscuridad le dejó claro algo que nunca quiso admitir: los humanos la temían más de lo que ella misma se valoraba.

Y ahora lo entendía.

No la dejarían escapar.

Su cuerpo, congelándose lentamente, comenzó a quebrarse como vidrio bajo el peso del vacío. Las venas se tensaron y la sangre negra que hervía en su interior se retorcía como un fluido vivo buscando huir. No quedaba aire, no quedaba sonido. Solo la calma, una calma tan pura que rozaba lo hermoso.

Después de tanto tiempo sirviendo al Rey Demonio, matando, huyendo, sobreviviendo… la muerte no se sentía como un castigo. Era, más bien, una tregua.

Una promesa.

“¿Supongo que aquí es donde acaba todo?”, pensó, observando las luces humanas que cruzaban la oscuridad. Entre los restos de su flota, los rayos láser iluminaban los cuerpos flotantes de sus esbirros. No quedaba nadie.

Extendió su mano temblorosa frente a su rostro. En uno de sus dedos, el anillo de esclavitud brillaba débilmente: la marca de su derrota, el símbolo de su servidumbre eterna. Cuántas veces intentó romperlo… cuántas veces soñó con ser libre.

Pero el anillo siempre se reía de ella, sellado al mismo latido de su corazón.

Ahora, sin embargo, el silencio del cosmos parecía susurrarle algo distinto.

—Ya no importa.

Una risa suave escapó de sus labios cuarteados.

Con un movimiento decidido, Lilith arrancó su propio dedo.

El anillo despertó con un estallido oscuro, encendiendo llamas que devoraron su pecho. Su cuerpo tembló; las extremidades arácnidas que brotaban desde su espalda se contrajeron como si su alma intentara huir antes que su carne. Sangre negra burbujeó entre sus labios y flotó en el vacío, dispersándose como pequeños eclipses.

Mientras su mirada se desvanecía, alcanzó a ver los últimos rayos humanos acercándose. Por primera vez en siglos, no sintió miedo.

Solo paz.

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