Capítulo 05: Los Defectuosos y el Desafío

La Bodega del Descarte

El aire aquí abajo era frío, pesado y húmedo, un bienvenido contraste con la atmósfera acalorada y sofocante del barrio rojo de arriba. Al descender los últimos escalones de piedra, mis ojos se abrieron de golpe por la sorpresa y el asco que sentí por la visión que tenía delante.


El sótano no solo era frío y sucio, sino que también desprendía un fuerte olor a heno mojado, orina y fierro viejo.


El tramo subterráneo constaba de una gran habitación de piedra, tenuemente iluminada por algunas linternas de aceite colgantes. En lugar de las jaulas alineadas que esperaría para humanos, la mayoría de las celdas estaban llenas de criaturas vivas.


Había jaulas apiladas repletas de animales exóticos y, francamente, extraños. Pude ver una jaula con pájaros que parecían tucanes pero que tenían plumas de color azul eléctrico. En otra, un animal peludo, parecido a un mono, se movía erráticamente y emitía un chillido agudo. Vi criaturas con tres ojos, serpientes de colores imposibles y un par de bestias pequeñas que parecían erizos con pinchos de cristal. Era el contrabando de fauna exótica y probablemente ilegal.


Me abrí paso por el pasillo central, echando un vistazo rápido y nervioso a las extrañas criaturas que me devolvían miradas curiosas y asustadas. El tráfico de animales, un negocio secundario de la tienda, parecía ser aún más lucrativo.


Finalmente, al final del pasillo, donde la luz apenas llegaba, había una jaula más grande y solitaria. El olor de esta jaula no era el de un animal salvaje, sino un hedor a suciedad y miedo humano.


Me acerqué lentamente. Dentro de la jaula, acurrucada y temblando de miedo, no había un animal, sino una mujer.


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El aire aquí abajo era frío, pesado y húmedo, un bienvenido contraste con la atmósfera acalorada y sofocante del barrio rojo de arriba. Al descender los últimos escalones de piedra, mis ojos se abrieron de golpe, no por asco, sino por un asombro reverente.


Esta no era una prisión, sino una galería de arte para mí.


El tramo subterráneo constaba de una gran habitación fría y húmeda. Decenas de jaulas de aproximadamente dos metros de altura se apilaban en montones, y en su interior, había siluetas de mujeres. Mujeres en mal estado, desnutridas, pero que para mis ojos, eran de una belleza abrumadora.


Eran mujeres que parecían tener entre veinte y cuarenta años, y todas ellas eran bellezas increíbles para mí. Incluso las mayores, con rostros cincelados por la vida, poseían esa clase de hermosura que en mi mundo anterior las habría convertido en actrices famosas. El problema, sin embargo, era su estado físico: estaban delgadas, desnutridas y desprendían un olor fuerte a encierro y a falta de higiene.


Me acerqué lentamente a las jaulas, recorriendo la fila como un coleccionista en una exposición privada.


La mayoría de las mujeres tenían ojos sin esperanza y mostraban signos de haber sido golpeadas, con moretones grises alrededor de sus cuerpos. Había razas mixtas que solo conocía por los libros: algunas chicas tenían el pelo verde y orejas puntiagudas, claramente elfos. Había otra mujer pequeña acurrucada y temblando de miedo. La mitad de sus piernas estaban cubiertas por un suave pelaje blanco sucio, y unas orejas largas de conejo sobresalían de su cabeza. Era una chica conejita.


Mientras miraba, los recuerdos del bastardo de Otto se superponían en mi mente. Los jadeos y la lujuria de arriba eran ahora reemplazados por una oleada de compasión y una poderosa codicia. Eran esclavas, sí, pero su belleza, su normalidad física, era el único estándar que mi mente aceptaba como deseable.


No podía llevarme a todas, pero mis ojos se detuvieron en la conejita. Cada vez que me acercaba a aquella criatura asustada, ella temblaba más y se arrastraba hacia el otro lado, como si temiera que quisiera lastimarla. Tenía una cara muy linda, ojos de color azul claro, y su cabello era blanco, como el mío. Parecía que la habían golpeado mucho, a juzgar por los moretones.


No puedo resistirme a una chica tan linda.


Fue en ese momento que la campana de la entrada de la tienda sonó arriba, seguida por el sonido de pasos apresurados bajando las escaleras.


—¿Otto? ¡Maldita sea, Otto! —bramó la voz enfurecida de mi padre.


La Declaración de Gustos

El dueño de la tienda, el gordo Barduck, apareció detrás de mi padre, secándose el sudor de la coronilla.


—¡Milord, su hijo es un joven de gustos excéntricos! —dijo Barduck, con una risa nerviosa.


Padre se detuvo y observó la hilera de jaulas con un profundo asco y horror que no disimulaba. Su rostro se enrojeció, no por excitación, sino por la furia hirviente.


—¡Otto! ¿Qué significa esto? ¿Bajar a husmear entre los desechos? —Padre me señaló con el dedo, temblando—. ¡Hemos venido a comprar una sirvienta digna para el linaje Casteller, no una… cosa defectuosa!


Levanté la mano y señalé directamente a la conejita temblorosa que se había encogido en la esquina.


—Padre, la he elegido a ella —dije con firmeza. La voz me salió más tranquila de lo que me sentía por dentro.


Hubo un silencio espeso, roto solo por el temblor de mi padre.


—¿La has elegido a ella? —Padre se acercó, obligándome a mirar la jaula—. ¿Una criatura desnutrida, fea, y de raza mixta, cuando te ofrecían a la Diosa del Placer? ¡Barduck me ofreció a una mujer de ciento cincuenta kilos, fértil y deseable! ¡Y tú eliges esto!


—No la quiero a ella, Padre —repliqué, manteniendo mi vista fija en la conejita—. Odio la visión de esas… obesas bestias. Me revuelve el estómago.


Padre se tambaleó como si lo hubieran golpeado. Su voz, ya un gruñido, bajó a un susurro peligroso.


—¿Qué has dicho?


—Lo siento, Padre, pero si voy a vivir en este mundo, quiero vivir con mis propias preferencias. Y mi preferencia —dije, mirando de nuevo a la conejita con total sinceridad— es por mujeres como esta. No por los sacos de grasa de arriba.


El rostro de mi padre se volvió morado. Abrió la boca para gritar, pero el miedo a hacer una escena pública incluso en la bodega lo contuvo. Barduck, oliendo la tensión y la posible pérdida del negocio, tosió discretamente.


—Míster Casteller, quizás su hijo, al ser joven, desea una esclava para propósitos más… prácticos. Las esclavas como esta son buenas para el trabajo, y su perfil delgado es ideal para… —Barduck se cubrió la boca y susurró algo sobre las clases de esclavos.


Padre asintió lentamente, apretando sus puños. La frustración y la rabia luchaban contra su debilidad para afrontar mi egoísmo.


—Bien —gruñó finalmente—. Tendrás tu esclava. Pero escúchame bien, Otto: solo una. Y esa… cosa —dijo, señalando a la conejita con desprecio—, no saldrá jamás de la mansión. No desfigurará la reputación de la familia Casteller siendo vista en público. ¿Entiendes?


—Entendido, Padre —respondí con una reverencia leve, ocultando mi inmensa alegría.


El padre pagó de inmediato, sin regatear, solo para terminar con la humillación. Después de advertir a Barduck de no revelar la información de la compra de su hijo, se dirigió furioso de vuelta al carruaje.


Yo, por mi parte, me acerqué a la jaula.


—El precio es de tres de plata, joven Otto.


Levanté la mano y señalé a la conejita temblorosa. Mi primera esclava.

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