CAPÍTULO 1: LA CARNE Y EL JADE
El olor a sangre rancia fue lo primero que registró su mente.
Qin Ling no abrió los ojos de inmediato. Como asesino profesional, sabía que la información era más valiosa que la vista. Escuchó: el crepitar de antorchas, cánticos guturales en un idioma que no reconocía y el llanto sofocado de varias personas a su alrededor. Sintió: piedra fría bajo su espalda y grilletes de hierro oxidado en sus muñecas.
«Cuerpo nuevo. Manos pequeñas. Desnutrición extrema», analizó con frialdad. Su última memoria en la Tierra era el destello de una explosión en un hotel de lujo. Ahora, el aire que respiraba tenía un peso distinto, una vibración eléctrica que le quemaba los pulmones.
—... el Gran Maestro se dará un festín con sus almas —siseó una voz ronca cerca de su oído.
Qin Ling abrió los ojos.
Frente a él, un hombre encapuchado con túnicas manchadas de grasa sostenía una daga de obsidiana. Alrededor, otros jóvenes estaban atados en altares similares. Eran apenas niños, con la piel pegada a los huesos. Un hombre viejo y deforme, rodeado de un aura de neblina negra, presidía la ceremonia desde un trono de huesos.
—Tú —dijo el verdugo, señalando a Qin Ling—. Eres el siguiente.
Qin Ling tensó los músculos. Sus instintos de asesino le gritaban que atacara la garganta, pero este cuerpo era débil, un juguete de arcilla. Justo cuando la daga de obsidiana comenzaba su descenso, el techo de la caverna estalló en una lluvia de escombros y luz blanca.
El sonido no fue una explosión, sino un silbido metálico, agudo y puro.
Dos rayos de luz atravesaron la oscuridad. Eran espadas. Dos láminas de jade y acero que giraban en el aire con voluntad propia, segando las gargantas de los encapuchados antes de que pudieran gritar. El verdugo de Qin Ling cayó sobre él, pero ya estaba muerto; su cabeza rodó por el suelo mientras su cuerpo bañaba a Qin Ling en sangre caliente.
—Basura demoníaca —una voz masculina, clara y arrogante, resonó desde lo alto.
Qin Ling miró hacia arriba. Dos figuras descendían lentamente, flotando sobre el aire mismo.
El hombre, Li Wei, vestía túnicas blancas y azules que repelían la sangre por puro magnetismo. Su rostro era perfecto, como esculpido en mármol, pero sus ojos rebosaban un desprecio infinito hacia todo lo que estaba debajo de sus pies. A su lado, Han Seo era una visión de belleza irreal; su cabello negro ondeaba en un viento que no existía y su mirada, aunque más suave, observaba a los supervivientes como quien observa a insectos rescatados de un charco.
—¿Están todos muertos? —preguntó Han Seo, su voz sonando como campanas de plata.
—Casi todos —respondió Li Wei, ni siquiera miró a Qin Ling a los ojos—. Estos especímenes de aquí abajo aún respiran. Un desperdicio de energía rescatarlos, pero las reglas de la Secta del Dragón Azul prohíben dejar recursos humanos a los cultivadores errantes.
Qin Ling apretó los puños. «¿Recursos humanos?».
Han Seo aterrizó suavemente y agitó su mano. Las cadenas de Qin Ling se deshicieron como si fueran de papel quemado. Ella le dedicó una breve mirada, una chispa de lástima que hirió el orgullo del asesino más que cualquier insulto.
—Estás a salvo, pequeño —dijo ella, antes de elevarse de nuevo sin esperar respuesta.
—Sujétense —ordenó Li Wei con impaciencia. Con un gesto de sus dedos, una plataforma de energía translúcida se formó bajo los supervivientes.
Sin más palabras, fueron arrastrados hacia el cielo a una velocidad vertiginosa. Qin Ling vio el mundo encogerse. Vio montañas que rascaban las nubes y bosques donde las bestias rugían como truenos. Pero lo que más le impactó fue la Gran Montaña Tian-Zhu.
Era colosal. En su base, una red infinita de campos verdes se extendía hasta el horizonte. A medida que la plataforma descendía hacia los campos, Li Wei habló sin volverse:
—Habéis nacido en el barro, y al barro volvéis. Agradeced la misericordia de la Secta. Servid bien en las plantaciones y quizás, en cien años, vuestros descendientes puedan mirar hacia la cima.
La plataforma se inclinó y Qin Ling fue arrojado sin ceremonias sobre un suelo húmedo y lodoso.
Al levantarse, escupiendo tierra, vio a los dos cultivadores alejarse hacia las nubes como dioses que regresan al Olimpo. A su alrededor, cientos de hombres con espaldas encorvadas y piel curtida por el sol lo miraban con ojos vacíos.
Un hombre gordo, con una túnica de arpillera rota, se le acercó y le tendió una mano sucia.
—Bienvenido al hoyo, muchacho —dijo el Gordo Pang con una sonrisa triste—. No te quedes ahí mirando el cielo. Si el supervisor del Tribunal de la Raíz te ve ocioso, desearás que los demonios te hubieran matado en aquella cueva. Aquí, si no cosechas, no existes.
Qin Ling miró sus manos pequeñas y manchadas de fango. Luego miró la cima de la montaña, oculta por el brillo del sol.
«Harvest of Immortals», pensó, y por primera vez en su nueva vida, una sonrisa cruel apareció en su rostro. «Cosechad todo lo que queráis. Algún día, yo seré quien recoja el tributo».
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