Capítulo 2

El campamento de los que no importan

Despertó con una presión sorda en la cabeza.

No fue dolor inmediato, sino una molestia persistente, como si alguien hubiese apretado su cráneo con demasiada fuerza y recién ahora aflojara. Alzó una mano de forma automática y tocó algo áspero.

Vendas.

Parpadeó varias veces.

El techo era de tela. No una lona moderna, sino una tela gruesa, opaca, sostenida por postes de madera. La luz se filtraba de forma irregular, y el aire tenía un olor extraño: polvo, sudor seco… y algo más, difícil de identificar.

Se incorporó con cuidado.

El mundo no giró, lo cual fue una buena señal. Aun así, su cuerpo se sentía pesado, como si no hubiera dormido en días. Bajó las piernas del catre y apoyó los pies descalzos sobre la tierra compactada.

Tierra…
No piso. No baldosas.

Tragó saliva.

Desde afuera llegaban sonidos. Voces. Muchas. Algunas jóvenes, otras más graves. Golpes secos, pasos sincronizados, respiraciones forzadas.

—¡Otra vez! ¡Maldito inútil, así no!
—¡Endereza la espalda!
—¿Crees que esto es un paseo?

Frunció el ceño.

Se puso de pie lentamente, apartó la tela que hacía de entrada y salió.

El sol lo golpeó de frente.

Entrecerró los ojos y, cuando su vista se ajustó, lo primero que vio fue un grupo de jóvenes alineados en filas desordenadas. Vestían túnicas blancas simples, algunas más gastadas que otras. Estaban practicando movimientos torpes, repetitivos, mientras un hombre mayor caminaba entre ellos con una vara en la mano, corrigiendo posturas a gritos.

—¡Si vas a caer, cae recto! ¡No como un saco de papas!

Uno de los chicos tropezó y recibió un golpe seco en la pierna.

Nadie protestó.

Él se quedó quieto, observando.

El lugar… no era una aldea. Tampoco un cuartel formal. Era un campamento amplio, improvisado, con tiendas, barracas de madera pobre, fogones apagados y senderos de tierra marcados por el paso constante de gente.

Todo se veía… barato.

Funcional.

Prescindible.

Una sensación incómoda le recorrió la espalda.

Esto no es un sitio importante, pensó.
Esto es donde ponen a los que sobran.

Dio un par de pasos más, todavía sintiéndose irreal. Como si su mente se negara a aceptar la escena completa. Giró la cabeza, intentando ubicarse.

Y entonces la vio.

Detrás del campamento, elevándose como una herida abierta en el cielo, estaba la muralla.

No era solo grande.

Era absurda.

Una extensión interminable de piedra gris que ascendía hasta perderse entre las nubes. No parecía construida para defender algo, sino para separar mundos. Su superficie estaba cubierta de marcas, grabados, grietas antiguas… y aun así, transmitía una solidez aplastante.

Sus ojos se abrieron lentamente.

El pecho se le apretó.

No era miedo.
Era… insignificancia.

—¿Primera vez visitando la secta?

La voz lo sacó de golpe de su trance.

Se giró.

Frente a él estaba un hombre de mediana edad, vestido con una túnica gris clara, más limpia que las demás. Su postura era relajada, casi amable. Tenía el cabello recogido y una sonrisa tranquila en el rostro.

Demasiado tranquila.

—¿Dónde… —tragó saliva— dónde estoy?

El hombre inclinó un poco la cabeza, como si evaluara su reacción.

—En la Secta. —Hizo un gesto amplio con la mano—. Más específicamente, en el campamento de aprendices de sirvientes.

Eso no respondió nada.

—Yo… —buscó palabras— no recuerdo haber venido aquí.

—Claro que no. —La sonrisa no se movió—. Dos cultivadores que pasaban por la región te trajeron. Dijeron que estabas… en mal estado.

Técnicamente correcto, pensó.

—Te dejaron a nuestro cuidado. —El hombre dio un paso más cerca—. Así que, desde hoy, eres un aprendiz de sirviente.

La palabra se asentó con peso.

Aprendiz.
Sirviente.

No discípulo.
No invitado.

—¿Y si no quiero? —preguntó, más por reflejo que por rebeldía.

El hombre lo miró un segundo más.

Luego sonrió un poco más.

—Entonces puedes marcharte. —Se encogió de hombros—. Aunque dudo que sobrevivas fuera de la muralla.

Silencio.

Eso tampoco era una amenaza directa.

Era una constatación.

—Mi nombre es… —hizo una pausa breve—. Puedes llamarme Supervisor Han. Yo me encargo de este campamento.

Le extendió un paquete de tela.

—Tu uniforme.

Lo tomó. Era liviano, áspero, blanco opaco. Nada especial.

—Aquí está tu horario. —Le tendió una tablilla de madera con marcas grabadas—. Comidas, descansos, tareas.

Él la miró sin realmente verla.

—Entiendo —dijo finalmente.

No estaba seguro de entender nada, pero sabía reconocer cuándo no tenía opciones.

El Supervisor Han pareció satisfecho.

—Bien. —Sonrió—. Me alegra que seas cooperativo.

Y entonces lo vio.

No fue la sonrisa.

Fue lo que no había detrás de ella.

Una sensación leve, casi imperceptible, le recorrió el estómago. Como cuando alguien te felicita demasiado rápido, o te ofrece ayuda sin que la hayas pedido.

—Como eres nuevo —continuó Han—, comenzaremos con algo sencillo.

Por supuesto, pensó.

—Tu primera tarea será encargarte de la limpieza de los baños.

El mundo no se acabó.

Pero por un segundo, deseó que sí.


Los baños estaban al fondo del campamento.

No había puertas. Solo divisiones de madera. El olor lo golpeó antes incluso de entrar.

Se cubrió la nariz por reflejo.

—Esto… —murmuró— es real.

No era una prueba.
No era humillación ceremonial.

Era trabajo sucio. Literalmente.

Horas después, con las manos entumecidas, la espalda dolorida y el estómago revuelto, se apoyó contra una pared, respirando hondo.

Así que este es mi punto de partida, pensó.

No estaba en su casa.
No estaba en su mundo.
Y claramente, no estaba en la cima de nada.

Miró sus manos sucias.

No sintió rabia.

Sintió claridad.

Si quiero sobrevivir aquí, pensó, primero tengo que entender este lugar.

Y por primera vez desde que despertó en ese bosque, esa idea no le pareció imposible.


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