Diario - Un día en el campamento de Aprendiz de Sirviente


Fragmento del diario de un aprendiz de sirviente

Día 173 desde que llegué al campamento

Hoy me despertó el ruido de alguien cayéndose de la litera de arriba.
Fue un golpe seco, seguido de un insulto ahogado y varias risas. Nadie se levantó para ayudarlo; aquí aprender a caer también es parte del entrenamiento.

El gong sonó poco después. Tres golpes. Todavía me asustan, pero menos que antes.

Salimos del barracón empujándonos un poco, medio dormidos. El suelo estaba húmedo por el rocío y uno de los nuevos resbaló apenas cruzó la puerta. Dos se rieron. Otro le gritó que mirara por dónde caminaba. Cuando el supervisor apareció al fondo del patio, las risas se apagaron como si nunca hubieran existido.

Desde el patio se ve la muralla. Siempre se ve.
A veces alguno dice que parece más grande cada día. Nadie sabe si lo dice en serio o solo para asustar a los nuevos.

El desayuno fue gachas aguadas y pan duro. Uno se quejó en voz baja. Otro le dijo que dejara de llorar y comiera. Al final, todos raspamos los cuencos igual. Hoy no hubo huevo, y alguien murmuró algo sobre el ladrón otra vez. El nombre sigue apareciendo, aunque nadie lo haya visto nunca.

Después del desayuno, trabajo físico.

Me tocó cargar agua con otros cuatro. Caminamos hasta el pozo del bosque hablando de tonterías: quién roncó más anoche, quién va a reprobar defensa, quién cree que algún día será cultivador. Uno juró que escuchó a un inmortal reírse desde dentro de la muralla. Le dije que estaba loco. Se rió y dijo que todos aquí lo estamos un poco.

Al tercer viaje con los baldes, los brazos ya quemaban. Uno fingió tropezarse solo para mojar a otro. Hubo empujones, risas, hasta que alguien gritó que venía el supervisor. De golpe, todos serios. Nadie quiere ser castigado por algo tan tonto.

Entrenamiento al mediodía.

Palos de madera. Posturas. Golpes.
A uno lo hicieron pelear porque se burló del nuevo. Perdió rápido y se enojó más por la risa de los demás que por el golpe. El líder sirviente no dijo nada. Solo miró. Eso siempre es peor.

Almuerzo en el comedor: puré espeso, carne y, por fin, huevo.
Hubo murmullos de alegría. Uno levantó el cuenco como si fuera un tesoro. Otro dijo que ojalá el ladrón volviera a robar, solo para que pusieran más guardias y repartieran más comida. Nos reímos. No muy fuerte.

Por la tarde me tocó limpiar las letrinas. El peor turno. El olor no se va nunca. Mientras limpiaba, pensé en casa. Siempre pienso en casa ahí. No sé por qué. Tal vez porque es lo único limpio que recuerdo.

Antes de que anocheciera, clase de etiqueta.

Nos enseñaron otra vez cómo bajar la mirada, cómo hablar, cómo desaparecer cuando un cultivador pasa cerca. Uno preguntó si de verdad alguien había muerto por mirar a los ojos. El líder sonrió y dijo que no recordaba los detalles. Nadie volvió a preguntar.

La cena fue simple. Estábamos cansados, pero aun así alguien contó una historia absurda sobre un sirviente que terminó casándose con una inmortal. Nadie le creyó, pero igual la escuchamos.

Ahora escribo esto desde mi litera. Afuera, el cielo está despejado. Desde la ventana pequeña se ven las estrellas. A veces imagino cómo se verán desde dentro de la muralla.

No sé si algún día entraré.
No sé si realmente quiero hacerlo.

Pero mañana, cuando suene el gong, me levantaré igual.

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