El dolor no vino de la cabeza, vino de las costillas.
Un dolor punzante y agudo, una agonía conocida. Al despertar, sentí primero el familiar sabor metálico de la sangre seca en mi boca. Solté un gemido ronco mientras mi consciencia se reintegraba al mundo.
El ambiente era completamente a oscuras. Pesado, frío y húmedo.
¿Qué demonios...?
No era el suelo sucio y pedregoso detrás de la cafetería, donde me habían dejado. Este suelo era duro, frío, implacable.
Me incorporé con dificultad, tocándome la cabeza. Allí sí, había un dolor palpitante y la humedad de sangre seca. Pero el recuerdo era más reciente y mucho más vívido que la oscuridad: el sonido de las risas huecas de Jordan y su pandilla.
Yo había estado volviendo a clases, con el estómago aún vacío.
Me acorralaron detrás de los viejos vestuarios. Me empujaron. Las rodillas. El puñetazo en el estómago. Las patadas en las costillas. La humillación. No opuse resistencia; nunca lo hacía. Ya sabía que era inútil luchar.
Finalmente me dejaron, escupiendo un insulto más, justo cuando el timbre anunciaba el fin del descanso.
Enfermería.
Ese había sido mi único destino.
Cojeando y agarrándome el costado, me arrastré hasta la vieja Enfermería de la escuela, donde la enfermera de turno me dio una bolsa de hielo y la obligatoria charla sobre "informar de incidentes". Yo solo mentí, dije que me caí.
Me recosté en la camilla más lejana. La suave y aburrida luz fluorescente. El olor a alcohol. Estaba allí, esperando que el profesor de gimnasia, o tal vez la Profesora Susan, viniera a asegurarse de que no hubiera muerto desangrado en una esquina. Cerré los ojos, sintiendo el cuerpo magullado.
Y luego... el temblor.
No como los de siempre. Este fue violento, monstruoso. La luz se apagó, los gabinetes cayeron, y lo último que recordé fue la sensación de volar hacia el suelo.
••
Desbloqueé el móvil. La linterna reveló mi entorno.
No estaba en la camilla de la Enfermería. Estaba en un caos de sillas volcadas y metal retorcido, todo cubierto de polvo. La luz fluorescente de la Enfermería estaba destrozada.
Mi móvil decía: 9:49. Sin señal.
Intenté ignorar el "Sin señal". Intenté llamar a mis padres. Fracaso.
¿Qué está sucediendo?
Me puse de pie, ignorando el dolor en las costillas. Con la linterna del móvil encendida, iluminé mi alrededor. El entorno era demasiado oscuro, una oscuridad sellada.
Apunté la luz hacia donde debería estar la ventana de la Enfermería, la que daba al campus. Lo que vi no fue el jardín.
No había sol, ni árboles, ni el campus. Solo una pared. Una pared gigantesca de rocas húmedas y oscuras.
Quedé petrificado. El estómago se me revolvió.
¿Rocas? ¿Una pared de rocas?
Giré la linterna con manos temblorosas. Hacia el este, hacia el oeste, hacia el techo destrozado... todo era el mismo túnel de roca.
El temblor no había sido un terremoto. El temblor... nos había movido.
Mis piernas temblaron mientras la idea que tanto me negué a aceptar me golpeó con la fuerza de un camión. Me negué a pensar en dioses, en Isekai o en tonterías de juegos. Pero la realidad era ineludible.
Estaba atrapado.
Rápidamente, busqué una salida entre el mobiliario destrozado. Iluminé las dos enormes aberturas que se abrían en los extremos de lo que quedaba de la Enfermería. Eran dos túneles que se perdían en la oscuridad.
Caminé, tanteando el suelo. Noté la inclinación.
El túnel Norte bajaba más profundo. El Sur, aunque oscuro, se sentía ligeramente inclinado hacia arriba, hacia la superficie.
El Sur.
Me moví hacia la abertura Sur, dispuesto a arrastrarme fuera, pero me congelé.
Un sonido. Sutil. Un aleteo rasposo.
Apunté la linterna. La luz se reflejó en unas garras afiladas sujetas al techo. Y luego, una sombra descendió. Ojos que brillaban rojos en la oscuridad.
No era un murciélago. Era un GRAN MURCIÉLAGO, cuyo tamaño rivalizaba con la mitad de un hombre.
Estoy jodido.
El miedo hizo temblar mi mandíbula. Retrocedí, metiéndome bajo los restos de una mesa que me ofrecía una barrera ridícula. Me quedé allí, congelado.
Horas pasaron, llenas de silencio y el sonido ocasional del aleteo.
Mis padres. Me buscarán. Llorarán. No puedo dejarlos así.
Apreté los puños, la sangre seca y el sudor frío pegados a mi piel magullada. La ira y el terror me dieron una única opción.
Lentamente, me levanté de mi escondite.
"Voy a sobrevivir. No dejaré de buscar una forma de volver a casa."
Pero para eso, tenía que empezar ahora. Tenía que matar a esa maldita cosa que bloqueaba mi camino.
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