“¿Dónde diablos se metió ese enano?” La voz era un rugido amortiguado. “Maldición, estoy empapado en Coca-Cola. Me siento todo pegajoso.”

Escuché sus pasos resonar en el pasillo. Contuve la respiración, el latido de mi corazón martilleando contra la madera del casillero. Mi cuerpo se tensó mientras los sonidos de los matones se fueron alejando, hasta que finalmente, solo quedó el silencio de la enfermería. Dejé escapar un suspiro de alivio; mis piernas, agotadas y temblorosas, perdieron toda fuerza.

…Al fin se han ido.

Tuve suerte.

Una risa nerviosa se me escapó. Con extremo cuidado, casi como un siervo que teme ser observado, salí del casillero. Asomé la cabeza, ajustando mis anteojos de vidrio circulares y empujándolos hacia arriba. Los cristales, ligeramente empañados, se alinearon perfectamente con mis ojos, reflejando un leve brillo del sol que entraba.

Escudriñé el entorno, de derecha a izquierda. En mi huida desesperada no me había percatado de dónde estaba; simplemente entré en un salón y me lancé de cabeza a un casillero. Ahora que tenía tiempo para analizar mejor, observé un par de camas individuales cubiertas por sábanas blancas, suministros médicos ordenados en un estante bajo llave, y una bata de enfermero. El entorno era tranquilo y bien iluminado, con una brisa fresca que entraba por la ventana abierta y mecía suavemente las cortinas.

Así es, mi huida me había llevado a la enfermería escolar.

Algo asustado, mi mirada se dirigió al escritorio de la enfermería. Suspiré aliviado al notar que la maestra encargada no estaba presente. Una taza de café a medio terminar estaba sobre el escritorio, lo que me hizo intuir que probablemente había salido a comprar algo o quizás a fumar. De igual modo, su ausencia era un alivio.

Pero, ¿cómo terminé exactamente en esta situación?

Solo podía maldecirme a mí mismo por ser un idiota.

¿Acaso eres idiota, Quinn?

¿Por qué te metes tú solo en este lío?

Volvía del receso escolar hacía unos minutos cuando escuché ruidos en la parte trasera del colegio. Fui a observar y me topé con un grupo de matones escolares de segundo año, acorralando a un gordito con cara de miedoso. Le estaban haciendo bullying.

¿Qué hago?

¿Debería correr a avisar a los maestros? ¿O simplemente hacer como si no hubiese visto nada?

El gordito fue golpeado y, tirado en el piso, parecía estar al borde de las lágrimas. Apreté los puños y me di la vuelta para marcharme.

Pero algo en mi subconsciente me detenía; no podía dar el siguiente paso. Escuché detrás las burlas y risas de esos desgraciados, y la idea de dejarlo solo me pareció imposible. No podía abandonar a ese compañero, pese a que nunca lo había visto antes.

¿Pero qué podía hacer yo?

Pelear nunca fue mi fuerte; de hecho, era patético. Y si iba a buscar a los profesores, lo más probable era que cuando llegaran ya todo habría terminado.

Entonces… ¿Qué hago? ¿Qué puedo hacer?

Apreté los dientes mientras bajaba mi mirada. Allí, en mi línea de visión, vi mi mano derecha, o mejor dicho, la Coca-Cola que acababa de comprar en la tienda de la escuela. Entonces, recordé las palabras que mi hermana, oficial de policía, me había dicho una vez…

“Escucha Quinn, la policía tendrá muchos defectos, pero…”

Aunque bueno, curiosamente, aquel recuerdo ahora volvía a mí.

Alcé la mirada. Vi el barandal del techo de la escuela: la azotea. Deslicé mi mirada hacia abajo y comprobé que los bravucones estaban justo debajo.

“…”

Lo siguiente que hice fue correr para subir a la azotea. Asomé mi mirada para ver a los bravucones. Ninguno se percató de mi presencia. Y tampoco se habían alejado.

¡Bien, ahora empecemos!

“¡Jajaja, mira a este gordito Tomas, vamos, cerdito, ahora gatea como el cerdito que eres!”

“Mira toda esta porquería Otaku,” dijo uno de los bravucones, pateando varias figuritas de anime que estaban en la mochila del gordito. “Puag, me da escalofríos de solo verlo.”

El bravucón pateó la mochila. Luego, al ver una figura de una maga de anime que parecía saludarle, frunció el ceño. Se rio y extendió su pie para aplastar la figura.

Justo cuando su pie estaba por presionar, sintió líquido en su cabello.

“¿Ah? ¿Qué es esto?”

Líquido negro comenzó a chorrear por todo su cabello. El líquido tocó sus labios y sintió el gusto familiar.

“¿Coca-Cola?”

“¡Oye, tú! ¿Qué mierda haces allí arriba?” gritó uno de ellos, apuntando hacia mí.

Alzaron la mirada y allí me vieron: un nerd de cuatro ojos. En mi mano, la botella de Coca-Cola vacía.

“Ese nerd… ¿¡me tiró Coca-Cola encima!?” Su rostro se puso rojo de ira.

Al convertirme en el centro de atención, apuñalado por las miradas de “estás muerto” de los bravucones, temblé de pies a cabeza. El miedo me invadió, pero de inmediato, una extraña arrogancia surgió en mí al estar en la altura. Aunque saltasen, no me alcanzarían.

“¡Métanse con alguien de su tamaño, malditos inútiles!” grité, mi rostro excitado por lo que estaba haciendo.

Me reí. Me divertí al ver cómo los matones parecían echar humo de sus cabezas por el enojo.

“¡Maldito enano, no creas que te vas a escapar!”

“¡Te vamos a atrapar, hijo de perra!”

Los matones patearon a un lado al estudiante gordo y salieron corriendo. Los vi doblar la esquina y, de inmediato, una sensación de pánico comenzó a envolverme.

Oh, mierda… la he cagado.

Tras ello, bajé asustado de la terraza y corrí por los pasillos de la tercera planta. Por la ventana, vi a los matones entrar al edificio corriendo como jabalíes furiosos para buscarme. Aterrado, corrí caóticamente hasta encontrar el aula más alejada. Sin la opción de regresar por miedo a ser encontrado, no me quedó más remedio que meterme en el aula.

Comentarios

Entradas más populares de este blog