Prólogo

Inhalé el cigarrillo, llenando mis pulmones de humo mientras me recostaba cómodamente en el banco del parque, observando las estrellas. La noche no era ni fría ni cálida; una de esas raras noches de verano que se sienten… justas.

Exhalé el humo con una leve risa cuando sentí la vibración en el bolsillo. Mi teléfono sonaba, pero no me molesté en atender. Cerré los ojos, dejándome llevar por el rumor distante de los autos que cruzaban la avenida cercana y el canto de los grillos escondidos entre los arbustos. La brisa mecía los árboles. El teléfono seguía vibrando.

—Jeje…

Reí por lo bajo y dejé que siguiera sonando. La risa se me quebró sola, transformándose en una burla dirigida a mí mismo, a mi situación, a toda mi vida. La angustia y la depresión me pesaban encima como una losa. Me sentía perdido. Vacío.

Abrí los ojos y miré el remitente. Tal como imaginaba, era mi esposa. O… tal vez ya debería empezar a llamarla mi exesposa. La había descubierto siendo infiel en nuestra propia casa. Mientras yo estaba —supuestamente— en un viaje de negocios, ella metía a otro hombre en nuestra cama.

Todo había sido pura casualidad. El viaje se canceló a mitad de camino y regresé un día antes de lo previsto, pensando en darle una sorpresa. Quería que fuera un buen fin de semana; incluso había comprado entradas para el cine, porque hacía tiempo que no salíamos juntos. Pero al llegar, lo único que encontré fue a mi esposa desnuda, montando al vecino.

Y ahora, como un alma en pena, estaba sentado solo en un parque, en plena noche, replanteándome mi existencia. Casi siete años de matrimonio se habían ido directo al drenaje en cuestión de horas. Era increíble lo rápido que algo tan largo podía hacerse pedazos.

—Ah…

Solté un largo suspiro y di otra calada al cigarrillo. Cansado del ruido, apagué el teléfono. Pensé en llamar a algún amigo, pero entonces me di cuenta de algo aún más patético: no veía a nadie desde hacía años. Desde que me casé, mis amistades se habían ido diluyendo poco a poco. Y ahora, irónicamente, estaba completamente solo.

Un vacío enorme se había abierto en mi pecho y no tenía idea de cómo llenarlo. ¿Qué debía hacer a partir de ahora? No lo sabía. No tenía la más mínima idea.

Exhalé el último rastro de humo y me recosté en el banco, apoyando la cabeza sobre mi maletín; lo único que había llevado conmigo al huir de casa. En ese momento, solo quería dormir.

Quizás… mañana pensaría en qué hacer.

**

—¡Habla! ¿¡Cómo llegaste a este lugar!? ¿¡Quién te ha enviado!?

Cuando desperté, me di cuenta de que estaba de pie en medio de un bosque.

Ancianos y hombres jóvenes yacían en el suelo, atados con cuerdas. Temblaban, aterrados. Sus cuerpos estaban cubiertos de golpes: moretones en brazos y piernas, ojos hinchados y amoratados. Pero lo más llamativo no eran sus heridas, sino su vestimenta: túnicas antiguas, sucias, de cuello amplio y pantalones ajustados en los tobillos, manchados de barro.

Mi día, al parecer, todavía podía empeorar.

Giré la cabeza y vi un círculo de hombres calvos, de aspecto rudo, rodeándome con lanzas apuntando directamente a mi cuerpo.

Uno de ellos, musculoso y casi una cabeza más alto que los demás, se acercó y se plantó frente a mí. Su presencia era abrumadora; su enorme cuerpo parecía una montaña que me tapaba el sol. Me miró de arriba abajo, examinando mi traje de oficina, el maletín en mi mano, mi cabello… Luego, con una expresión confundida, se rascó la cabeza y preguntó:

—¿Quién diablos eres tú?

—¡Hermano mayor, ten cuidado! ¡Apareció de la nada!

—¡Podría ser un cultivador!

—¡No dejen de apuntarle! ¡Cualquier movimiento extraño, mátenlo!

¿Quién soy yo?

La pregunta se clavó en mi mente.

Era algo tan simple, tan básico… y aun así, por más extraño que sonara, en ese momento no podía responderla.

O mejor dicho, no sabía cómo hacerlo.

Mi nombre. No podía recordar mi propio nombre.

¿Qué diablos…?

Recordaba el parque. Recordaba la traición de mi esposa. Recordaba mi vida: haber crecido en un hogar pobre, criado por una madre soltera, trabajando en una oficina bajo el yugo de un jefe gritón y malhumorado. Pero, por alguna razón inexplicable, algo tan esencial como mi nombre había desaparecido.

Mi silencio incómodo hizo que los hombres me miraran con más cautela.

El calvo musculoso tensó los brazos, frunciendo el ceño. Su postura cambió; estaba a punto de desatar el caos. Si no respondía pronto, ese enorme puño seguramente se estrellaría contra mi cabeza.

—¡Habla de una vez! —rugió, perdiendo la paciencia.

—Yo… no lo sé —logré decir al fin, con la voz quebrada—. Estaba en un parque… en la ciudad. No sé cómo llegué aquí.

Los hombres se miraron entre ellos.

—¿Ciudad?
—¿Parque?

Las palabras no parecían tener sentido para ellos. Esto era un bosque, rodeado de montañas, muy lejos de cualquier cosa que pudiera llamarse ciudad. El pueblo más cercano estaba a días de viaje; de hecho, ellos venían de allí.

El líder calvo soltó una carcajada seca.

Y, sin previo aviso, me lanzó un puñetazo al estómago.

El golpe fue tan repentino que me robó todo el aire. Caí de rodillas, vomitando bilis sobre la hierba.

Comentarios

Entradas más populares de este blog