PRÓLOGO — PRIMERA MITAD (REESCRITA CON LA VOZ DEFINITIVA)


🌌 El parque

Inhaló el cigarrillo hasta que el humo le pesó en el pecho y se recostó en el banco del parque. Las estrellas seguían ahí arriba, tranquilas, lejanas, como si nada hubiera cambiado. La noche era templada, demasiado amable para alguien que ya no esperaba nada.

Exhaló despacio cuando el teléfono vibró en su bolsillo. No miró la pantalla de inmediato. Cerró los ojos y dejó que los sonidos lo envolvieran: el tráfico distante, los grillos ocultos entre los arbustos, el roce constante del viento moviendo las hojas. Todo seguía funcionando. El mundo no se había detenido solo porque el suyo se había venido abajo.

—Jeje…

La risa escapó sola y murió enseguida. No había humor en ella. Era cansancio. Una burla silenciosa hacia sí mismo, hacia las decisiones que lo habían traído hasta ese banco.

Miró el teléfono al final. Tal como esperaba, era su esposa. O lo que quedaba de ese título. Lo apagó sin dudar. No había nada que decir. Casi siete años podían desaparecer en una sola noche. Resultaba sorprendentemente fácil.

Apoyó la cabeza contra el maletín, lo único que había tomado antes de salir de casa. El vacío en su pecho no dolía; simplemente estaba ahí, como un espacio que el cuerpo ya había aceptado.
Ahora solo quería dormir. Pensar podía esperar.


🌲 El despertar

—¡Habla! ¿¡Cómo llegaste a este lugar!? ¿¡Quién te envió!?

El grito lo arrancó del sueño.

Abrió los ojos y lo primero que sintió fue que algo no encajaba. El aire era distinto. Húmedo. Pesado. Se dio cuenta de que estaba de pie, en medio de un bosque desconocido.

Ancianos y jóvenes yacían en el suelo, atados con cuerdas ásperas. Temblaban. Algunos sollozaban. Sus cuerpos mostraban marcas evidentes de golpes recientes. Pero lo que más llamó su atención no fue la sangre ni los moretones, sino la ropa: túnicas antiguas, sucias, fuera de lugar.

Esto no es un sueño, pensó sin pánico. Solo con una certeza incómoda.

Giró la cabeza y vio lanzas apuntándole desde todas direcciones. Hombres de cabezas rapadas y miradas duras lo rodeaban.

Uno de ellos, enorme, se adelantó. Su sombra lo cubrió por completo. El hombre lo examinó de arriba abajo: el traje, el maletín, su peinado. Frunció el ceño y se rascó la cabeza.

—¿Quién diablos eres tú?

Las voces a su alrededor se elevaron.

—¡Apareció de la nada!
—¡Podría ser un cultivador!
—¡Si se mueve, mátenlo!

¿Quién soy yo?

La pregunta se instaló en su mente con una claridad brutal.

Abrió la boca para responder… y no pudo.

No era miedo. Era vacío.

Su nombre no estaba ahí.

Recordaba el parque. El cigarro. La traición. Recordaba su infancia, el trabajo, los años desperdiciados obedeciendo. Pero su nombre… ese dato simple, esencial, había desaparecido.

Incluso esto, pensó con una calma extraña. Incluso mi nombre.

El silencio se prolongó demasiado.

El gigante tensó los músculos. Supo que si no hablaba, el golpe llegaría.

—Yo… no lo sé —dijo al fin—. Estaba en una ciudad. En un parque. No sé cómo llegué aquí.

Las palabras no significaron nada para ellos.

El puño llegó sin aviso.

El impacto le robó el aire. Cayó de rodillas, vomitando bilis sobre la hierba. No hubo rabia. Solo una confirmación más: en este lugar, las explicaciones no importaban.

—Atenlo con los demás —ordenó el gigante—. Si no sirve, servirá de sacrificio.


🛞 La carreta

Lo golpearon. Lo arrastraron. Las cuerdas le mordieron las muñecas. Fue arrojado a una carreta junto a otros cuerpos temblorosos.

El traqueteo comenzó.

Intentó moverse, pero un golpe en la nuca apagó el mundo.


🕳️ El foso

Despertó con olor a incienso barato y sangre seca.

Estaba en el fondo de un pozo de piedra. Cinco metros. Demasiado profundo para salir. Demasiado estrecho para correr.

Arriba, figuras con túnicas oscuras observaban.

En el centro, un anciano calvo meditaba sobre una plataforma de madera. Su piel tenía un brillo antinatural. El aire a su alrededor vibraba, opresivo.

Un mal presentimiento se asentó en su pecho.

Cuando el monje tosió sangre, algo dentro de él supo que estaban muertos.

Los gritos comenzaron cuando el tentáculo emergió.

No gritó.

Retrocedió.

Vio cómo un joven perdía la cabeza en un instante. Vio la carne marchitarse, la sangre ser absorbida, los huesos quedar atrás. No apartó la mirada.

Así que este es el fondo, pensó. Esto es lo que viene después.

La presión invisible lo aplastó contra el suelo. Sus rodillas crujieron. El dolor fue real, absoluto.

—Tu vida servirá —dijo el monje—. Siéntete agradecido.

La presión desapareció de golpe.

El cielo respondió antes de que pudiera procesarlo.

La explosión lo lanzó contra el suelo. La madera y la piedra cayeron sobre él como un juicio tardío. Sintió algo romperse dentro de su cuerpo.

La sangre le llenó la boca.

No pudo gritar.

Mientras la oscuridad lo reclamaba, tuvo un pensamiento final, curioso y sereno:

Al final… tampoco esperaba sobrevivir.



PRÓLOGO — SEGUNDA MITAD (REESCRITA CON LA VOZ DEFINITIVA)


⚡ La irrupción de los cultivadores

La oscuridad no fue inmediata.

Entre el dolor y el peso que lo aplastaba, todavía pudo oír el caos que estalló sobre su cabeza. Gritos. Maldiciones. El rugido del aire siendo desgarrado.

Algo había llegado.

No necesitaba verlo para saberlo. La presión que antes lo había inmovilizado se disipó como si hubiera sido aplastada por algo mucho más grande.

El mundo tembló.

La explosión sacudió el foso entero. La plataforma de madera se hizo añicos. La piedra se resquebrajó. Sintió cómo su cuerpo era lanzado de un lado a otro como un objeto sin valor.

Un golpe en el costado.
Otro en la cabeza.

Algo crujió dentro de él.

La sangre le llenó la boca y supo, con una claridad incómoda, que su cuerpo había llegado al límite.

Así que esto era morir, pensó.
No hubo pánico. Solo una vaga decepción.

La oscuridad terminó por reclamarlo.


☯️ El combate (desde el borde de la consciencia)

No vio la pelea.

La sintió.

Cada choque de energía hacía vibrar los restos bajo los que estaba atrapado. El aire se comprimía y liberaba como si el cielo mismo respirara con violencia. A veces, la presión le oprimía el pecho; otras, desaparecía por completo.

Oyó rugidos.
Oyó el bramido del monje.
Oyó el silbido limpio de una espada.

Era como escuchar una tormenta desde el fondo del mar.

Le pareció irónico: toda su vida había sido insignificante, y aun así, iba a morir como daño colateral de algo que ni siquiera entendía.

Supongo que es coherente, pensó antes de volver a perderse.


🪱 La marca

No supo cuándo volvió a sentir.

Solo supo que algo se acercaba.

No era dolor.
Era… presencia.

Algo frío. Húmedo. Vivo.

Aun inconsciente, su cuerpo reaccionó. Un reflejo inútil. Un intento tardío de rechazo.

La lombriz negra se detuvo frente a su rostro.

Percibió sus pulsaciones. Débiles, irregulares, pero persistentes.

Vida.

Sin ceremonia, se lanzó.

Algo se deslizó por su garganta.

No hubo grito.
No hubo resistencia.

Solo una sensación extraña, como si algo ajeno se hubiera acomodado en un espacio que ya estaba vacío.


🕊️ Después de la matanza

Arriba, el silencio regresó poco a poco al bosque.

Los mortales huían.
El cultivador demoniaco yacía muerto.
La tarea estaba cumplida.

—No valen la pena —dijo el joven cultivador al ver a los sectarios huir—. Son mortales.

Ella asintió.

Habían visto cosas peores.

Recogieron la insignia. Confirmaron la muerte. Todo estaba en orden.

Iban a marcharse cuando el joven se detuvo.

Frunció el ceño.

—Espera.

Cerró los ojos.

Había algo más.

Una señal tenue.
Débil.
Persistente.

Vida.

Apartaron los escombros hasta encontrarlo.

Cubierto de sangre.
El cuerpo destrozado.
Respirando apenas.

—El único sobreviviente… —murmuró el joven.

La mujer lo observó en silencio.

No había compasión en su mirada. Tampoco desprecio. Solo evaluación.

—Llevémoslo a la secta.


🌄 Partida

El cuerpo inconsciente fue cargado sin cuidado sobre la bestia voladora.

El grifo batió las alas.

El bosque se hizo pequeño.
El foso desapareció.
El mundo que lo había destruido quedó atrás.

Él no lo supo.

Pero por primera vez desde hacía mucho tiempo, no estaba cayendo.

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