🕸️ PRÓLOGO — Lilith, la Tejedora de Pesadillas

Lilith sintió el sabor de la muerte como una tinta espesa deslizándose por su garganta.


Tras incontables décadas de guerra entre humanos y demonios, ella —la criatura que alguna vez fue adorada como diosa por civilizaciones extintas— flotaba en el vacío del cosmos, envuelta en silencio. Las estrellas titilaban a lo lejos, indiferentes. El calor de una estrella cercana lamía su piel como brasas invisibles, pero ya no podía herirla.


A lo lejos, la colmena madre —una estructura viva tejida con los restos de mundos devorados— se desintegraba lentamente. Partida por la mitad, como si una voluntad divina la hubiera atravesado. Alrededor, miles de naves humanas formaban un cerco luminoso. Un despliegue tan vasto no se veía desde la última gran cruzada galáctica.


Lilith parpadeó. Su respiración era un eco inútil en el vacío.


—¿Todo esto… por mí? —murmuró, con una sonrisa quebrada.


Nunca imaginó que los humanos movilizarían toda su flota solo para cazarla. Había creído que era una más entre los Generales del ejército demoníaco. Pero la magnitud de aquella luz en la oscuridad le reveló una verdad que había evitado por siglos: Ella era el monstruo que habitaba sus sueños.


Y ahora lo entendía.


No la dejarían escapar.


Su cuerpo, congelándose lentamente, comenzó a quebrarse como vidrio bajo el peso del vacío. Las venas se tensaron, y la sangre negra que hervía en su interior se retorció como un fluido vivo, buscando huir. No quedaba aire. No quedaba sonido. Solo la calma… una calma tan pura que rozaba lo hermoso.


Su silueta, aunque vagamente femenina, era una aberración. De su espalda brotaban extremidades arácnidas, largas y articuladas, que se contraían como si compartieran sus últimos pensamientos. Su rostro estaba cubierto por una coraza natural, de la que emergían cuernos retorcidos como ramas secas. Bajo la piel, su carne palpitaba con vida ajena, como si algo más viviera dentro de ella. No caminaba: reptaba, se deslizaba, se arrastraba entre dimensiones.


Después de tanto tiempo sirviendo al Rey Demonio, matando, huyendo, devorando mundos enteros… la muerte no se sentía como un castigo. Era, más bien, una tregua.


Una promesa.


“¿Supongo que aquí es donde acaba todo?”, pensó, observando las luces humanas que cruzaban la oscuridad. Entre los restos de su flota, los rayos láser iluminaban los cuerpos flotantes de sus esbirros. No quedaba nadie.


Extendió su mano temblorosa frente a su rostro. En uno de sus dedos, el anillo de esclavitud brillaba débilmente: la marca de su derrota, el símbolo de su servidumbre eterna. Cuántas veces intentó romperlo… cuántas veces soñó con ser libre.


Pero el anillo siempre se reía de ella. Sellado al mismo latido de su corazón.


Ahora, sin embargo, el silencio del cosmos parecía susurrarle algo distinto.


—Ya no importa.


Una risa suave escapó de sus labios cuarteados.


Con un movimiento decidido, Lilith arrancó su propio dedo.


El anillo despertó con un estallido oscuro. Llamas negras devoraron su pecho. Sus extremidades arácnidas se contrajeron como si su alma intentara huir antes que su carne. Sangre burbujeante flotó en el vacío, dispersándose como pequeños eclipses.


Mientras su mirada se desvanecía, alcanzó a ver los últimos rayos humanos acercándose. Por primera vez en siglos, no sintió miedo.


Solo paz.


Pero en algún rincón del universo, donde el tiempo se pliega sobre sí mismo y los sueños se mezclan con la carne…

algo la esperaba.

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